LEVÍTICOS 16:7-10
En el Día de la Expiación, dos machos cabríos eran presentados ante Dios, uno era sacrificado, y su sangre era derramada por los pecados del pueblo; el otro era enviado al desierto, llevando, simbólicamente, la culpa y las iniquidades lejos del campamento. Aquella ceremonia mostraba un principio divino: el pecado exige juicio, pero Dios ofrece sustitución. Cada gota de sangre, y cada paso del chivo hacia el desierto, apuntaban a Cristo, quien fue ofrecido como el sacrificio perfecto y también como el portador de nuestros pecados.
Jesús no solo pagó el precio en la cruz, sino que llevo nuestras culpas fuera del campamento, para que ya no vivamos en condenación.
OREMOS
Cristo, gracias por llevar sobre Ti mis pecados y librarme de toda condena, otorgándome perdón completo. Amén.
FRASE
En aquella cruz terminó mi culpa, y comenzó mi libertad.
